Nuestra historia en línea está desapareciendo a un ritmo aterrador

La erosión de los relatos que se escriben en las redes está creando un agujero negro para los historiadores del futuro: existen, por ejemplo, registros de lo que opinan millones sobre una imagen… pero la imagen ya no existe.

Tom Chatfield,  columnista de la BBC Future, advierte sobre la vida efímera de las noticias en las redes sociales y precisamente, esta clase de comunicación efímera -un comentario, la actualización de un estado, una información compartida o diseminada- es la que yace en el corazón de muchos hechos históricos contemporáneos.

Es también un registro histórico fundamental que, a menos que seamos cuidadosos, se puede perder antes de que seamos conscientes de su importancia.

En un ensayo publicado por científicos de la universidad de Dominion, Viriginia (USA), llamado «Perdiendo mi revolución: ¿cuántos de los recursos compartidos en redes sociales se han perdido?», se tomó seis eventos muy significativos de los últimos años -el brote del virus H1N1, la muerte de Michael Jackson, las elecciones iraníes y las posteriores protestas, el Premio Nobel de la Paz para Barack Obama, la revolución egipcia y el conflicto sirio- y se estableció una muestra representativa de tuits que discuten los hechos. Se analizó los recursos vinculados a esos tuits y se confirmó si dichos vínculos son todavía accesibles, si han sido preservados en archivos digitales o si han dejado de existir.

Los hallazgos son sorprendentes: en promedio, un año después de cada evento, 11% del contenido vinculado a estos tuits había desaparecido y sólo el 20% había sido archivado.

La tendencia continúa con el tiempo: dos años y medio después del evento, un 27% se había perdido y un 41% había sido guardado.

Las cifras, sin embargo, sugieren una tendencia clara: la pérdida de más del 10% de recursos compartidos a través de redes sociales cada año, incluso cuando se tiene en cuenta lo archivado.

Lo que es más vulnerable es el tejido de conexiones al que las redes sociales sirven de ventana: los nexos de fuentes, recursos, sonidos, imágenes y actualizaciones que juntos constituyen el material del que está hecha la experiencia cotidiana de millones de personas.

El pasado está más seguro

Todo lo que queda de muchos de los intercambios de ideas seminales a menudo es un copiar y pegar de otro copiar y pegar: menos de tres décadas después de que muchas de las discusiones tuvieron lugar, tanto la fuente «original» como la plataforma tecnológica en la que estaba literalmente no existen.

Es más fácil, de hecho, encontrar en la web el desarrollo de muchas ideas claves del siglo XVIII que de los últimos 50 años.

Cuando se trata de las palabras de siglos pasados, las copias de los libros de papel han estado en bibliotecas desde su publicación y ahora sólo tienen que ser escaneadas y liberadas en el mundo digital.

En contraste, mucha de la información digital clave necesaria para que escritores e historiadores puedan realmente desglosar las complejidades del presente -desde el origen de las palabras y las ideas hasta los debates políticos y revoluciones- está o guardada o perdida, a pocos años de su creación.

Borrando la historia

En el corazón de todo esto está lo que se podría llamar la paradoja de las comunicaciones efímeras.

Su facilidad instantánea e insubstancial es perfecta para compartir y debatir las cuestiones más importantes de nuestra época. Pero eso también genera un nuevo problema histórico, pues todo lo compartido y debatido significa poco, a largo plazo, si uno se queda sin saber de qué estaba hablando la gente en primer lugar.

Sin vitácoras y cartas, o siquiera la relativa permanencia del correo electrónico -que está empezando a parecer algo del siglo pasado-, el problema será más grave.

Hay mucho que celebrarle a las redes sociales por su poder y su carácter incluyente.

No obstante, los historiadores del año 2314 que quieran investigar el principio del siglo XXI van a estar en dificultades. Y sus chances de éxito dependerán desproporcionadamente de esas compañías privadas que son dueñas de tanto de nuestra historia social contemporánea.

Nuestros descendientes seguramente estarán agradecidos de contar con un récord que refleje algo más que las preferencias de los consumidores.

Artículo publicado en BBC Mundo